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El 12 de octubre: la historia que aprendimos y la que hoy estamos comprendiendo

El 12 de octubre: la historia que aprendimos y la que hoy estamos comprendiendo

Por Charly Ferrer

El 12 de octubre: la historia que aprendimos y la que hoy estamos volviendo a mirar Durante décadas nos enseñaron una imagen muy sencilla. Tres carabelas. Un navegante mirando el horizonte. Una fecha: 12 de octubre de 1492. Y una frase que parecía explicarlo todo: Cristóbal Colón descubrió América. Así crecieron generaciones enteras. Lo aprendimos en la escuela, lo repetimos en ceremonias, lo dibujamos en cartulinas y durante muchos años casi nadie se detenía a preguntar algo elemental: ¿descubrió América para quién? Porque cuando Colón llegó al Caribe, aquellas tierras no estaban vacías. Había personas. Había lenguas. Había familias. Había comercio. Había religión. Había conocimientos. Había guerras. Había gobiernos. Había memoria. Había historia. Y quizá ahí empieza la gran diferencia entre la manera en que aprendimos el 12 de octubre y la manera en que las nuevas generaciones podemos volver a mirarlo. No para borrar lo que ocurrió. Sino para entenderlo mejor. Colón no buscaba América Hay algo fascinante en esta historia. Cristóbal Colón nunca salió de Europa diciendo: “Voy a descubrir un nuevo continente”. Su objetivo era mucho más práctico. Buscaba llegar a Asia navegando hacia occidente. Europa quería nuevas rutas comerciales y Colón estaba convencido de que podía alcanzar Oriente atravesando el Atlántico. • El 3 de agosto de 1492 salió de Palos. • El 12 de octubre llegó al Caribe. Y comenzó uno de los procesos que transformarían para siempre la historia del mundo. Pero Colón murió en 1506 sin comprender completamente que aquellas tierras formaban parte de un continente distinto. Después vendrían otros exploradores. Entre ellos Américo Vespucio, cuyos relatos contribuyeron a entender que aquello no era simplemente una extensión de Asia. Y en 1507, el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller colocó en un mapa una palabra nueva: America. Ahí aparece una primera enseñanza importante. La historia no sucede de golpe. Se construye poco a poco. Se interpreta. Se corrige. Se vuelve a observar. Y eso mismo estamos haciendo hoy con el 12 de octubre. Pero 1492 no es la Conquista de México Ésta es otra de las grandes confusiones que repetimos durante años. Colón no conquistó México. Colón llegó al Caribe. La historia de la Conquista de México comienza casi tres décadas después: • 1519: Hernán Cortés entra al mundo mesoamericano. • 1521: Cae México-Tenochtitlan. Y aquí la historia vuelve a romper otra imagen que aprendimos de manera demasiado sencilla. No ocurrió solamente esto: españoles contra indígenas. Mesoamérica no era un solo país. No existía México como nación. Había pueblos, ciudades, señoríos, alianzas, enemigos y enormes conflictos políticos. Había mexicas. Tlaxcaltecas. Totonacos. Cholultecas. Texcocanos. Huejotzingas. Y muchos otros pueblos. Algunos combatieron a los españoles. Otros se aliaron con ellos. Otros cambiaron de posición. Otros defendieron sus propios intereses. Y eso nos obliga a comprender algo fundamental: los pueblos indígenas no fueron espectadores de su propia historia. Tomaron decisiones. Negociaron. Combatieron. Se aliaron. Se equivocaron. Resistieron. Exactamente como cualquier sociedad humana dentro de un momento político extraordinariamente complejo. Los tlaxcaltecas no podían traicionar a un país que todavía no existía Durante años escuchamos frases como: “Los tlaxcaltecas traicionaron a México”. Pero si queremos hablar seriamente de historia tenemos que hacernos una pregunta: ¿a qué México iban a traicionar en 1519? México como Estado nacional todavía no existía. Tlaxcala tenía sus propios intereses. Sus propios enemigos. Sus propias decisiones políticas. Primero combatió contra Cortés. Después estableció una alianza. No porque conociera lo que ocurriría durante los siguientes trescientos años, sino porque estaba tomando una decisión desde su propio presente. Y aquí aparece una enseñanza muy poderosa para las nuevas generaciones: no podemos obligar a las personas del siglo XVI a pensar como si hubieran leído los libros de historia del siglo XXI. Eso no es comprender la historia. Eso es juzgarla después de conocer el final. Y Puebla estaba en medio de todo Para nosotros esta historia no ocurrió en un territorio lejano. Pasó aquí. En octubre de 1519, Cholula se convirtió en escenario de uno de los episodios más violentos de aquella expedición. La matanza de Cholula involucró a españoles y aliados tlaxcaltecas. Murieron habitantes de una de las ciudades religiosas y comerciales más importantes de Mesoamérica. Después la expedición continuó hacia la Cuenca de México. Y en ese recorrido aparecen territorios que hoy conocemos perfectamente: Cholula, Huejotzingo, Calpan, Tepeaca, los volcanes. Cuando uno comprende eso, la historia deja de sentirse como un capítulo lejano de un libro. Empieza a tener geografía. Tiene caminos. Tiene montañas. Tiene pueblos que todavía existen. Tiene lugares por los que seguimos transitando. Y ahí es donde la historia se vuelve poderosa. Porque deja de ser únicamente algo que ocurrió. Se convierte en algo que podemos reconocer en el territorio. Tampoco todo lo decidió una espada Otra imagen que heredamos es la de unos cuantos españoles derrotando a millones de indígenas gracias a sus armas. Sí hubo ventajas tecnológicas. Caballos. Acero. Armas de fuego. Bergantines. Pero eso tampoco explica todo. • Hubo miles de aliados indígenas. • Hubo rivalidades políticas. • Hubo decisiones estratégicas. • Y hubo otro enemigo invisible: la enfermedad. En 1520, la viruela comenzó a propagarse entre poblaciones que nunca habían estado expuestas a ella. El impacto fue devastador. Entre quienes murieron estuvo Cuitláhuac, uno de los principales líderes de la resistencia mexica. La guerra no ocurrió solamente en los campos de batalla. También ocurrió dentro de los cuerpos. Y finalmente, el 13 de agosto de 1521, Tenochtitlan cayó. Cuauhtémoc fue capturado. Pero aquí aparece otra pregunta que durante mucho tiempo no hicimos: ¿cayó Tenochtitlan o desaparecieron los pueblos indígenas? Porque son cosas completamente diferentes. Resistir no siempre significa ganar una batalla Durante muchos años imaginamos la resistencia únicamente como alguien sosteniendo un arma. Pero los pueblos también resisten de otras maneras: • Resiste una abuela cuando enseña una lengua a su nieto. • Resiste una comunidad cuando conserva una fiesta. • Resiste una artesana cuando transmite una técnica. • Resiste un campesino cuando conserva conocimientos sobre la tierra. • Resiste una comunidad cuando mantiene su identidad a pesar de siglos de transformaciones. Por eso la palabra resistencia comenzó a adquirir tanta importancia. Porque después de la Conquista los pueblos indígenas no desaparecieron. Se transformaron. Se mezclaron. Negociaron. Perdieron cosas. Conservaron otras. Adoptaron nuevas. Defendieron algunas. Y cinco siglos después siguen aquí. Quizá esa sea la prueba más contundente: si los pueblos indígenas pertenecieran solamente al pasado, hoy no tendríamos pueblos indígenas. Pero los tenemos. Vivos. Contemporáneos. Transformándose igual que cualquier otra sociedad. Entonces, ¿de dónde apareció el Día de la Raza? Aquí viene otra sorpresa. El Día de la Raza no nació en 1492. Es una conmemoración mucho más reciente. Durante finales del siglo XIX y principios del XX comenzaron a organizarse celebraciones relacionadas con el viaje de Colón y con los vínculos entre España y América. Y en México apareció una figura fundamental: José Vasconcelos. En 1925 publicó La raza cósmica. Su visión era profundamente representativa de su época. Después de años de revolución y división, México necesitaba construir una identidad común. Y el mestizaje comenzó a funcionar como una gran narrativa nacional. Europeos. Indígenas. Nuevas culturas. Una nueva identidad. Durante esos años se consolidó la idea del Día de la Raza. Pero las sociedades cambian. Y las preguntas también. El mestizaje explicó mucho, pero no explicó todo Decir que México es mestizo no es falso. El problema aparece cuando decimos que eso explica completamente quiénes somos. Porque si todos somos simplemente “mestizos”: • ¿Dónde quedan los pueblos que conservaron una identidad propia? • ¿Dónde quedan sus lenguas? • ¿Dónde quedan sus comunidades? • ¿Dónde quedan los afromexicanos? • ¿Dónde quedan las migraciones posteriores? • ¿Dónde queda la enorme diversidad regional del país? México nunca fue una sola cosa. Y quizá uno de los errores del siglo XX fue querer resumir una sociedad extraordinariamente compleja dentro de una sola identidad. Hoy podemos entenderlo mejor. Podemos ser una nación y al mismo tiempo reconocer muchas identidades dentro de ella. También cambió la palabra “raza” Durante los siglos XVIII y XIX la palabra raza adquirió una enorme fuerza. Se intentó clasificar a los seres humanos según el color de piel, los rasgos físicos, el cabello o el lugar de origen. El problema no fue reconocer diferencias. El problema comenzó cuando esas diferencias se utilizaron para construir jerarquías. Unos arriba. Otros abajo. Unos considerados superiores. Otros inferiores. Y esas ideas sirvieron para justificar esclavitud, colonialismo, segregación y discriminación. Después llegó la genética. Y comenzó a derrumbarse aquella idea rígida. La humanidad no está dividida en razas biológicas perfectamente separadas. Somos una misma especie: Homo sapiens. Tenemos una enorme diversidad genética, por supuesto. Pero esa diversidad no coincide limpiamente con las antiguas clasificaciones raciales. Por eso actualmente utilizamos conceptos más precisos: pueblo, etnia, ascendencia, cultura, identidad, población. Pero aquí aparece una paradoja fascinante. Las razas humanas pueden no funcionar como categorías biológicas claras, pero el racismo sí existe. Porque durante siglos construimos sociedades alrededor de esas diferencias. Y las consecuencias sociales de esas clasificaciones siguen presentes. De “integrarlos” a reconocer sus derechos La manera de entender a los pueblos indígenas también fue cambiando. • En 1940, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, Pátzcuaro recibió el Primer Congreso Indigenista Interamericano. Fue un momento importantísimo. Los gobiernos comenzaron a estudiar de manera organizada la situación de las poblaciones indígenas. Pero todavía existía una idea muy fuerte: había que integrarlos. Integrarlos a la educación. Integrarlos a la economía. Integrarlos a la nación. • En 1957, la Organización Internacional del Trabajo aprobó el Convenio 107 sobre poblaciones indígenas y tribales. Era un avance. Pero todavía hablaba desde esa lógica integradora. • Después ocurrió algo profundamente importante. En 1989, el Convenio 169 de la OIT comenzó a hablar claramente de pueblos. No solamente poblaciones. Pueblos. Y reconoció identidad. Instituciones. Cultura. Organización. Autoidentificación. • Después, en 2007, Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. En menos de setenta años ocurrió un cambio enorme. Primero pensamos: hay que integrarlos. Después: hay que reconocerlos. Finalmente: tienen derechos. Y esa evolución explica muchísimo de lo que hoy estamos discutiendo. Del Día de la Raza a la Nación Pluricultural En México, ese cambio llegó también al calendario. Desde 2020, el 12 de octubre se reconoce oficialmente como Día de la Nación Pluricultural. Y lo interesante no es solamente el cambio de palabras. Es el cambio de perspectiva. Ya no estamos hablando de una sola raza. Estamos hablando de muchas culturas. Muchas historias. Muchas raíces. Eso no elimina el mestizaje. No elimina la herencia española. No elimina la evangelización. No elimina la arquitectura colonial. No elimina el idioma español. No elimina nada. Simplemente agrega lo que durante mucho tiempo quedó fuera. Y ahí está quizá la diferencia más importante. Reinterpretar no significa borrar. Significa completar. Las nuevas generaciones tienen una oportunidad enorme Durante años se dijo que los jóvenes ya no se interesaban por la historia. Tal vez la pregunta debería ser otra. ¿Cómo les estamos contando la historia? Porque si la historia se reduce a memorizar fechas, presidentes, batallas y nombres, probablemente termine pareciendo lejana. Pero cuando entendemos que en Cholula ocurrieron acontecimientos que transformaron al continente… cuando sabemos que las palabras que usamos tienen una historia… cuando descubrimos que muchos de nuestros alimentos, fiestas, ciudades, apellidos, lenguas y tradiciones nacieron de esos procesos… entonces la historia cambia. Deja de sentirse como pasado. Se convierte en identidad. Y ahí las nuevas generaciones tienen una oportunidad enorme. No repetir exactamente lo que aprendieron sus padres. Tampoco rechazarlo simplemente porque pertenece al pasado. Sino hacer algo mucho más interesante: preguntarse por qué nos contaron la historia de esa manera. ¿Quién escribió esa versión? ¿Qué voces aparecieron? ¿Cuáles quedaron fuera? ¿Qué sabemos ahora que antes no sabíamos? Eso es reinterpretar. No destruir la memoria. Hacerla más completa. No necesitamos nuevos héroes ni nuevos villanos Quizá uno de los grandes errores al revisar la historia es sustituir una versión simplificada por otra. • Antes parecía que Colón era exclusivamente un héroe. Ahora algunos quisieran convertirlo exclusivamente en un villano. • Antes parecía que todos los indígenas eran víctimas pasivas. Ahora sabemos que también fueron actores políticos, guerreros, comerciantes, gobernantes y negociadores. La historia rara vez funciona en blanco y negro. Está llena de contradicciones. Hubo conquistadores violentos. Hubo religiosos que denunciaron abusos. Hubo pueblos indígenas que resistieron. Hubo pueblos indígenas que se aliaron con los españoles. Hubo sometimiento. Hubo intercambio. Hubo destrucción. Hubo mestizaje. Hubo imposición. Hubo adaptación. Todo eso ocurrió al mismo tiempo. Y comprender esa complejidad quizá sea la verdadera tarea de nuestra generación. Cinco siglos después, la pregunta cambió Durante mucho tiempo nos preguntamos: ¿Quién descubrió América? Hoy podemos hacernos preguntas mucho más interesantes. ¿Quiénes estaban aquí? ¿Cómo vivían? ¿Qué relaciones tenían entre ellos? ¿Por qué algunos pueblos combatieron a los españoles y otros se aliaron? ¿Qué perdió América? ¿Qué ganó Europa? ¿Qué cambió para siempre? ¿Qué sobrevivió? ¿Qué seguimos repitiendo? ¿Qué seguimos celebrando sin saber exactamente por qué? Y quizá la pregunta más poderosa sea: ¿cuánto de todo aquello sigue viviendo en nosotros? Porque el 12 de octubre no pertenece solamente a 1492. Sigue presente en nuestra lengua. En nuestra comida. En nuestros pueblos. En nuestros conflictos. En nuestras iglesias. En nuestros mercados. En nuestras fiestas. En nuestros apellidos. En nuestra manera de entendernos. Por eso las nuevas generaciones no tienen que elegir entre celebrar o condenar. Tienen una responsabilidad mucho más interesante: comprender. Comprender que nuestra historia no nació de una sola raíz. Que no somos exclusivamente indígenas. Ni exclusivamente europeos. Ni únicamente mestizos. Somos consecuencia de encuentros, conquistas, migraciones, resistencias, mezclas y transformaciones. Y quizá ahí esté el verdadero significado del 12 de octubre en el siglo XXI. No en seguir repitiendo exactamente la historia que aprendimos. Sino en atrevernos a volver a mirarla. Con más preguntas. Con más voces. Con más contexto. Y, sobre todo, con la suficiente madurez para entender que conocer mejor nuestro pasado no nos divide: nos permite comprender con mayor profundidad quiénes somos.